6.8.05

La historia de esta vida





"[S]ome are born great, some achieve
greatness, and some have greatness
thrust upon them."
W. Shakespeare, Twelfth Night


"Y después están los otros...". Así empieza "Harvie Krumpet" (Melodrama Pictures, 2003), el pequeño y a la vez gigante cortometraje de animación de Adam Elliot, narrado por Geoffrey Rush, que cuenta en plastilina y veintipico de minutos la vida del personaje que le da nombre. Que le da nombre después de cambiárselo: porque Harvie se cambia de nombre, se muda a otro continente, se hace nudista y vegetariano y, Harvek Milos Krumpetskiaun así, parece no poder escapar a su destino. O a su mala suerte, según dicen algunos críticos por ahí...

Y, sin embargo, Harvie se ríe. (No siempre, vale aclarar, ya que su –¿condenada?– vida apenas consta de una serie de verdades o fakts, como ha sabido enseñarle su madre, que las más de las veces no hacen sino cachetearlo con saña y mandarlo de vuelta a la casilla número 1). Y una se ríe, melancólicamente, con él (nunca de él: de todos los personajes queribles con los que me he topado de casualidad, este polaco se las ha ingeniado para robarme toda la empatía) y cruza los dedos para que por fin descubra que este paseo finito y azaroso le depara algo mejor que lo que encuentra. Aunque eso nunca parezca suceder.

Perdón, ¿dije "empatía"? Estuve a punto de corregirme pero creo que debería reafirmarlo. ¿Qué es lo que hace que una sienta empatía hacia este hombrecito? Su creador sentenció alguna vez que Harvie no es el más afortunado de todos (y cuánta razón tiene y qué bien lo dijo, porque lo describió como un underdog), pero... ¿quién no lo es, al fin y al cabo? ¿Acaso eso que llaman vida –eso que juega apuestas con la diosa más caprichosa de todas, eso que revolea a Harvie de un lado para el otro y vuelve a dejarlo en el mismo lugar, eso que consiste meramente en una recopilación numerada de verdades para memorizar– no se comporta, en mayor o menor medida, de la misma manera con cada uno de nosotros, irrisorios mortales?

Al parecer, como bien recordó el gran Horacio a mi Harvie, a pesar de la inclemente fortuna y las arbitrariedades de este juego, la consigna más sabia sigue siendo carpe diem.